Así como la infancia de Heidi es eterna, en esta bendita tierra hay historias que nunca se acaban. Historias que parecían simples a primera vista y que, día tras día, se van complicando, aderezándose de circunstancias y figurantes con los que no se contaba en modo alguno. La penúltima de estas misiones imposibles ha sido comprar y lograr instalar un miserable split de aire acondicionado en casa. Superada la primera traba que yo mismo suelo autoinflingirme y que es la búsqueda minuciosa del mejor producto, al mejor precio y en las mejores condiciones post-venta- lo cual lleva su tiempo- y una vez conseguido que el instalador (esos seres míticos que disponen del tiempo del resto de los mortales) viniera a casa, todo se desencadenó. " Uuuuuhhh- me dijo- pues vas a tener que pedir permiso a la comunidad de vecinos del piso colindante para poner la unidad exterior". "Malo el cuento, MALO EL CUENTO, Juan"- me dije-; todo el mundo sabe que el oxígeno del que se nutren las vecindades consiste en impedir que los demás mejoren su calidad de vida, para así estar unidos en la miseria. Esto es un hecho ampliamente demostrado y no hay más. Así pues, tras ciertas indagaciones verifiqué que el presidente de la comunidad vivía- y ahora sé que malvive- en el 3º A. Llamé al portero y allí, en plena calle, mantengo la siguiente conversación con una mujer llena de miedos:
Yo: "Hola, soy el vecino del bloque de abajo y quiero instalar un aire acondicionado en el ático. Es para pedir permiso al presidente de la comunidad y acceder desde su terraza a la mía".
Mujer con miedo: "Mi marido no está y ya estamos hartos, hace mucho calor y no sé cuando va a volver. Venga en una hora"
Volví a la hora y le rogué si me podía abrir para que lo que yo sabía iba a ser un surrealista deja vú se mantuviera puertas adentro al menos. Subí y lo que parecía ser el ama de llaves de Edgar Allan Poe me dijo lo mismo que una hora antes, con el cerrojo y el ánimo medio echado. Desesperado subí directamente al 7º piso y llamé a la primera puerta que encontré. Un señor de avanzada edad con mostacho y una mujer agazapada diez metros y mil almas detrás me recibieron. Planteada la cuestión que nos ocupa, muy amablemente me dijo que " de eso el que se encarga no es el presidente de la comunidad, hombre, eso lo hace el administrador, que es el abogado que vive en el 2º D". Conseguí esta información no sin antes escuchar durante veinte interminables minutos los avatares de la vida de este simpático matrimonio. Supe que él duerme en la terraza en las noches de verano, que pinta platos como hobby, que su hijo estudió en la complutense de Madrid y que en unos días se iban a marchar a su casa de campo porque no aguantaban el calor (vaya, tenemos algo en común). Ahora deben estar ahí pintando platos. Me despedí de ellos y un optimismo tan irrefrenable como yermo me hizo pensar que me encontraba muy cerca de la solución de tan intrincado y peliagudo asunto. Pero una vez más el destino y yo hablábamos lenguas muy distintas.


