Cada año tengo varios chicos con necesidades educativas especiales de diversa índole. Una de las cosas que hacemos mal en los institutos es que, pese a estar detectadas bien vía informe del colegio del que procede el alumno, bien porque lo conocemos por ser nuestro, las reuniones donde se nos informa sobre estas particularidades se hacen a mediados de octubre. Lo cual nos lleva a que, durante un mes entero, no sabes a ciencia cierta -salvo los casos físicamente manifiestos- por donde tirar. Este año tengo una clase donde se han juntado cuatro de estos chicos. Y me emociona decir que son los mejores alumnos, los más educados y los que muestran mejor actitud en clase. Detecté a tres de ellos, pero uno se me escapó. Se llama Javier y en el primer examen que puse lo pillé hablando con la de al lado, que luego resultó ser su prima, y que también presenta una deficiencia curricular importante -estoy explicando la Música Medieval y les hago oírla y distinguir cada una de sus formas y estilos-. Me imagino que hablaban del tiempo porque, para que os hagáis una idea, Javier, que tiene 14 años, tiene el nivel de un niño de 6. Cuando "celebramos" la sesión de evaluación inicial -la semana pasada- supe y hoy sigo con la cara enterrada, cual avestruz. Me sentí mal, porque después de 11 años de servicio, me jacto de detectar estos casos sin informes previos. Pero Javier engaña. Es un chico vivaracho y feliz, del que hay muchísimo que aprender. Quiere ser mecánico y sé que lo será. Hoy me lo encontré por el pasillo y me acerqué a él. Le paso el brazo por el hombro y le digo: "-Javier, tú...no entiendes nada de lo que digo en clase, ¿verdad?......Y me contesta:
" -Don Juan , yo, la verdad, no entiendo nada, pero usted lo explica todo muy bien".

