domingo 29 de junio de 2008

Guanajuato

El taxi se detuvo a las espaldas de una iglesia colonial de tonos ocre y pastel. Un callejón inmaculado nos dejó ante una plaza rectangular. Los niños jugaban y un grupo de músicos amenizaba el paseo. Las calles empedradas y laberínticas me recordaban a las de una ciudad española. La gente parecía fijarse mucho en nosotros y sólo cuando nos percatamos nos dimos cuenta de que en realidad se fijaban demasiado en nosotros. Un payaso de un circo ambulante hizo girar la vista a cuantas gentes lo estaban viendo y me dijo: “Esta es más bonita que la que paseabas ayer, ¿eh?“. Luisa y yo nos reímos, y seguimos nuestro paseo, ya convencidos de que esa tarde era nuestra tarde y esa ciudad nuestra ciudad. Convencidos de estar viviendo un instante que recordaríamos siempre. Describir las horas que pasamos sería quedarse corto, pero eso sí, esa tarde, esas horas fueron mágicas (y no hay otra manera de definirlas). Me imagino que una persona, o una pareja no vive muchos de esos instantes a lo largo de su vida. Es como si todo se confabulase para tí, como un gran banquete excepcionalmente servido; también fue cierto que supuso un descanso previo a una gran batalla, como un premio de consolación por anticipado que los dioses, compasivos, te otorgan. De cualquier manera, y pese a que, ciertamente, la tormenta que se desató la noche antes de partir quiso decirnos que hasta ahí habíamos llegado, nadie podrá borrar la magia que vivimos en una de las ciudades más bellas del mundo. Mexicana de nacimiento, española de adopción, pero al fin y al cabo italiana de espíritu. Y es bella por sencilla. Me la traje a vivir conmigo y sigo paseando por sus calles dentro de los ojos de mi mujer.

lunes 9 de junio de 2008

Las buenas intenciones

Los niños, bién es sabido, son imprevisibles. Bueno,maticemos, son imprevisibles si los adultos previamente nos hemos hecho una idea de qué quieren,anhelan o necesitan. Y a veces, las cosas son mucho más sencillas y somos nosotros los que las complicamos sin ninguna necesidad. Otras veces, como me pasó el sábado, nuestras intenciones son nobles pero los resultados catastróficos.
A Daniela, nuestra hija pequeña,le gustan mucho los animales, bueno,le gusta " su concepto" de los animales, que es una mezcla de dibujos y juegos en los que ella imita sonidos de distintos ejemplares y juega a asustarnos. De ahí a que le gusten los animales debe haber un abismo. Y lo hay. El sábado nos llevamos a los niños a una exposición de caballos que se organizó en el Palacio de Congresos. Caballos pura sangre españoles y distintos stands donde se vendían todo tipo de complementos para la equitación y la cría de caballos.¡ Qué mejor plan para los niños!- pensé, aunque el que quería bajar era yo,claro-. ¿ Para todos los niños?. No,no, perdón, para una no.
Bueno, Rebeca- la mayor- ya empezó a poner las pegas que cualquier adolescente de 16 años( y mujer ) pone; quejas basadas en argumentos insoslayables: "huelen mal"- se limitó a decir. Lo bueno de tener cuatro hijos es que cuando sólo se queja uno, no hace suficiente mella en el ánimo inquebrantable de un padre cabezón que "SABE" lo que es mejor para ellos.
Vamos pa'dentro.
Sólo bastó un segundo. Daniela se metió en el cuello de su madre y no salía de ahí. Su expresión era una mezcla de pánico y más pánico- el consuelo de un bebé es que debe pensar que cualquier peligro, por grande que sea, que ataja escondiéndose en el cuello de mamá-. Bueno, no cedimos, hicimos una breve visita; los niños acariciaron a los caballos y fueron 20 minutos muy felices. Un pasillo nos condujo, casi sin quererlo, a la salida de la exposición, otra vez a plena luz del día y, entonces, sólo entonces, caí en la cuenta. Al verse fuera Daniela exclamó: " Biavooo, lohemoz conseguidoooo!. Chiquita, ella pensaría: " están buscando la manera de sacarme de aquí, seguro, porque ELLOS SABEN que a mí no me gustan los caballos". Ya me quedó claro que sus intereses y los míos no iban montados en el mismo caballo. Y encima huelen mal.