El taxi se detuvo a las espaldas de una iglesia colonial de tonos ocre y pastel. Un callejón inmaculado nos dejó ante una plaza rectangular. Los niños jugaban y un grupo de músicos amenizaba el paseo. Las calles empedradas y laberínticas me recordaban a las de una ciudad española. La gente
parecía fijarse mucho en nosotros y sólo cuando nos percatamos nos dimos cuenta de que en realidad se fijaban demasiado en nosotros. Un payaso de un circo ambulante hizo girar la vista a cuantas gentes lo estaban viendo y me dijo: “Esta es más bonita que la que paseabas ayer, ¿eh?“. Luisa y yo nos reímos, y seguimos nuestro paseo, ya convencidos de que esa tarde era nuestra tarde y esa ciudad nuestra ciudad. Convencidos de estar viviendo un instante que recordaríamos siempre. Describir las horas que pasamos sería quedarse corto, pero eso sí, esa tarde, esas horas fueron mágicas (y no hay otra manera de definirlas). Me imagino que una persona, o una pareja no vive muchos de esos instantes a lo largo de su vida. Es como si todo se confabulase para tí, como un gran banquete excepcionalmente servido; también fue cierto que supuso un descanso previo a una gran batalla, como un premio de consolación por anticipado que los dioses, compasivos, te otorgan. De cualquier manera, y pese a que, ciertamente, la tormenta que se desató la noche antes de partir quiso decirnos que hasta ahí habíamos llegado, nadie podrá borrar la magia que vivimos en una de las ciudades más bellas del mundo. Mexicana de nacimiento, española de adopción, pero al fin y al cabo italiana de espíritu. Y es bella por sencilla. Me la traje a vivir conmigo y sigo paseando por sus calles dentro de los ojos de mi mujer.
De pie
Hace 14 horas

