domingo 30 de noviembre de 2008

Y eso que nos avisaron

No me resisto a ponerlo tal cual. En España se habla contínuamente de la crisis. El gobierno tardó como 6 meses en reconocerla (la llegó a llamar "desaceleración"). Luego la asumió y su primera medida fue dar dinero a la banca.....en fin, aquí está todo y no se puede decir más claro.
Artículo del escritor español Arturo Pérez-Reverte, publicado en 'El Semanal' el 15 de noviembre de 1998 , y que ahora, diez años después, parece una visión de Nostradamus).

Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro. Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street , y dicen en inglés cosas como long-term capital management , y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo. Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden. No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro. Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados. Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja. Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.. Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida. Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena. Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.

sábado 15 de noviembre de 2008

Noche de miedo

En el reloj dieron las doce. El brindis despedía el año y abría el siguiente. Nos despedimos de todos y subimos al coche. Ella estaba radiante. La noche era gélida y sin luna y el viento en los árboles sonaba como un azote. A unos kilómetros de allí unos amigos nos esperaban para celebrar la llegada del año nuevo, pero nosotros no íbamos en esa dirección, al menos uno de los dos. Mis ideas y mis propósitos eran otros, muy distintos.

La carretera serpenteaba entre álamos, pinos y sauces que cobraban apariencias fantasmagóricas, entre la niebla y la tenue luz de farolas también centenarias. Aparqué el coche a los pies de las ruinas de un castillo y tomamos un sendero que discurría al borde de un acantilado. Ella no oponía resistencia alguna y caminaba de mi mano confiada y feliz, quejándose tan sólo del frío, nuestro único compañero. El sendero nos llevó a una loma donde una cruz gigantesca hacía las veces de vigía de la ciudad. Grabadas en ella, permanecían en un viaje conjunto a los vértices del tiempo, las inscripciones de los enamorados, cuya pasión era más fuerte que cualquier signo de reverencia y respeto al sacrosanto lugar. Ni siquiera la enorme belleza del paisaje amortiguó su perplejidad y, finalmente, me preguntó: "Cariño, pero, ¿a qué hemos venido aquí? ¿ dónde están tus amigos". "No hay amigos, sólo estamos tú y yo"-le contesté. Ella exhaló vapor y yo respiré su miedo; entonces finalmente ocurrió:
-"¡Cásate conmigo!"- le dije, de rodillas a los pies de la cruz.

-"¡Sí, sí quiero!"-contestó doblemente aliviada.

Del abrazo nació el beso y sólo entonces la luna emergió de su escondite entre las nubes. De camino al coche le dije:
"Te traje hasta aquí para pedir tu mano y para que, estés donde estés, desde cualquier parte de la ciudad puedas ver el lugar donde me dijiste que sí".

Y cada día lo ve, antes de dormir, desde su propia ventana.

miércoles 12 de noviembre de 2008

Seis de las cosas que me hacen feliz

Dejando claro que, efectivamente, queda fuera el sexo, el sexo y también el sexo, ver felices a los míos y algunas otras cosas cuya resolución está fuera de mi alcance, aquí están algunas de las cosas que más feliz me hacen.
1.- Estar a sólas con mi mujer sin urgencia de regresar.
2.- Viajar
3.- La música, escucharla y tocarla, pero sobre todo escribirla
4.- Mi trabajo
5.- Conversar con mis amigos cambiando de tema constantemente
6.-Ese momento en la noche en que Luisa me abraza y pone fin al día.

Y dicho esto sería preceptivo hacer alguna que otra lista, porque yo me dejé muuuuchas cosas en el tintero. He dichi. Saludos.