viernes 31 de julio de 2009

La rocambolesca historia del split de aire acondicionado (y III)

Mi familia, que son unos santos en vida, esperaba pacientemente mi llegada con la mesa puesta y sin probar bocado. El calor y el hastío me habían quitado casi por completo el apetito, pero el ogro que vive en mi estómago luchaba ferozmente contra lo subjetivo y reclamaba manduca. La aparición del instalador por la puerta tumbó sus aspiraciones- todo el mundo conoce el ideario de los instaladores, reparadores, pintores y demás chupasangres, pero lo dejaré resumido en estos puntos:
1.- La noción del tiempo de un instalador es distinta a la de cualquier ser humano. Donde dicen "esto está hecho en cinco minutos", hay que colegir " no tengo ni puta idea de cuánto me lleve, pero como cobro por horas, ten por seguro que va para largo".
2.- Su teléfono siempre tiene una cancioncilla cutre a modo de espera.
3.- Llegarán en el peor momento posible- justo al entrar a bañarte después de esperar horas (provocar ese efecto no sirve) o cuando estés contestando una llamada en otro teléfono.
4.- Tienes que estar a su lado aunque no tengas ni repajolera idea de lo que están haciendo. En el instante en que abandones el lugar de los hechos te llamará pidiéndote algo: un vaso de agua, un cubo, una escalera, ¡algo!
Así pues, cumpliendo este último apartado me subí con el chico a instalar el split (perdón, a ver cómo instalaba el split). Después de sugerirle dos o tres emplazamientos lo puso donde le salió de las narices y me indicó que era imprescindible instalar una bomba que desalojara el agua.
-¿Y eso hace mucho ruido?- pregunté sabiéndolo
-"¡Qué vaaaaaaaa!-dijo casi indignado-¡esto es de última generación!-sin embargo a mí los alumnos me llegan cada vez más torpes y malcriados. ¡Quién sabe si eso sea tan bueno!
Tiraron medio muro al suelo, pusieron una bomba feísima, se bebieron dos vasos de agua y dos cocas, dejaron un olor corporal del carajo en toda la casa y se fueron. A la media hora de estar en funcionamiento el split, un ruido atronador se hizo presente. Ruido que podríamos catalogar como el de la mezcla entre un hipopótamo torturado por la inquisición española y la sirena de peligro de una central nuclear. Esto sin exagerar.
-¿Tenemos que salir corriendo?- preguntó Mauricio
-¡Sal del baño ya, seas quién seas!- dijo Rebeca
-¡Mamiiiiiiiiiii!-dijo Daniela
-¡Hijosdesuputísimamadrechapucerosdelcarajo!-dije yo.
Ipso facto llamé a la tienda y una voz convicente, por su extremada frialdad, me dijo: " Ah, sí, claro, TIENE que hacer ese ruido. Está evacuando el agua".
- ¡Pero si me dijeron que era de última generación!¡ Lo más de lo más!¡Que me ha costado un huevo de pato la instalación!
- "Lo sentimos, algo de ruido tiene que hacer.Insisto, está evacuando el agua".
- "(Sí, exactamente eso que piensan pensé yo)"
Los días pasaron, casi logramos convivir con el ruido durante un tiempo pero con el paso de los días el estruendo iba in crescendo. "Es un ente con vida"- le decía, temeroso, a Luisa. "Es como si se fuera haciendo mayor; nació entre nosotros y crece con nosotros. Un día se soltará de la pared y vendrá a comernos". Pasaban los días y una mañana split, al que rebautizamos splot, por razones obvias, dijo aquí estoy y YA NO SE CALLÓ. Desde las ocho de la mañana inició un laaargo monólogo. Llamé a la tienda, ustedes me comprenderán, ligeramente alterado. ¿Sí?, buenos días, no le oigo nada bién"-la fría voz. "Claro, lumbrera, vivo con un alien, escúchen a su obra. Me dijeron que la bomba evacuaba el agua a cada tiempo, pero me han vendido a la diarreica del lote-escupí. "O viene alguien a dar la cara o me voy a poner una queja a consumo"(santa palabra que todavía funciona- dejará de hacerlo, sin duda). "Luego les mando al instalador". ¿A qué hora creen que llegarón?. A esa misma.
Me levanté para abrirles la puerta de la calle y en ese preciso instante ¡SILENCIO!¡SPLOT CALLÓ!. Y fue ahí donde comprendí que la naturaleza de aquel bicho desbordaba el concepto maldad. No sólo jodía, sino que sabía cuando dejar de hacerlo. Preso de una furia incontenible subí y lo puse a tope." ¡Revientaaaaaaaaa, revienta yaaaaaaa!"-....brrmmmmmmmooommmmm...-así, así, haz tu último bis, ¡hijoputa!
-"Vaya, sí que es mala suerte, la bomba está defectuosa"-dijo el instalador
- "Según para qué-dije yo-en Guántamo podría serles de gran utilidad"
- "Bueno no se preocupe, mañana vendremos a sustituir la bomba y todo arreglado"
- "¿Les hacemos sitio en la mesa?, ¿carne o pescado?"

jueves 23 de julio de 2009

La rocambolesca historia del split de aire acondicionado(II)

Mientras me encaminaba al despacho del abogado, que a la sazón, era y debe seguir siendo para su desgracia, administrador del edificio colindante con el mío, iba contando los días que habían pasado desde que pensamos instalar el aire acondicionado. Quince. En esas estaba cuando por fin me hicieron pasar a su despacho. El tipo resultó ser muy agradable y consiguió escucharme mientras era bombardeado telefónicamente. Me enseñó su lista de contactos y he aquí una interesante idea. No los guardaba por nombre sino por las consecuencias que arrastraba descolgar el teléfono, de tal manera que en lugar de Pepe o Manolo los que llamaban pasaban a ser "Coñazo", "No coger"o "Histérica". Le expliqué con una claridad meridiana, o eso me pareció, qué pretendía hacer y me dijo que no había ningún problema. "Dame un par de días para hacerme con una llave de la terraza, porque ahí no sube nadie nunca". Diecisiete días. Todo esto coincidió con una serie de acontecimientos irrelevantes para mí tales como las evaluaciones finales de curso, la matriculación de los niños, la guerra por la solicitud de una plaza en la escuela para Daniela(que da carrete para otra saga) y demás cuestiones que, frente a un split de aire, quedan en agua de borrajas.
El día "D" llegó y tras conseguir lo imposible- el instalador me dijo que lo llamara cuando tuviera la llave y en ¡diez minutos estaría allí!- me planté en casa del abogado y la voz del leguleyo que hace funciones de conserje me contestó:" Don Eduardo aún no ha llegado"-diez de la mañana-. "Dígale cuando llegue que vine, soy fulano y vengo a blablabla..."-contesté. Una hora y media después en el mismo lugar: "Don Eduardo ¡¡¡ya se ha ido!!!". ¿No puede darme su teléfono para que me ponga en su agenda como "Vecino coñazo"?- opté. "No me está permitido hacer eso"-optó. Mientras regresaba a casa deduje que el tal Eduardo debe tener el despacho como tapadera y ser miembro de una logia masónica o traficante de estupefacientes. Dieciocho días.
Al día siguiente Eduardo tuvo dos conserjes en su despacho. El de siempre, intramuros, y yo cual soldado de la Guardia Suiza, en la puerta de la calle. Por supuesto no apareció casi hasta la hora de marcharse, pero esta vez yo estaba dispuesto a todo: esposarlo, drogarlo, o extorsionarlo; total, su logia o el capo para el que trabaje lo harán a diario- pensé. A las dos de la tarde, después de haber taladrado el muro desde mi casa, instaladores, abogado y yo nos subíamos en el ascensor que nos llevaría a la terraza que a estas alturas para mí se me antojaba más inaccesible que la fortaleza de Mordor. Segundos después de pulsar el botón del séptimo piso, se me ocurre mirar al número de kilos que el ascensor permitía y Eduardo nos mira y dice: "Yo ando por los 80, ¿vosotros?". No habíamos finalizado lo que iba a dar una suma desorbitada cuando, ¡clac!. Silencio. Chorros de sudor salían de la frente del picapleitos y yo, pensé lo típico en estas circunstancias- "sólo falta......"(seguro que saben a qué me refiero). El instalador sacó varios chismes e intentó forzar techo, puertas y bisagras, y cuando todo estaba perdido y el rostro del abogado era un mar de sudor y, me parecío ver, alguna lagrimilla, ¡clac!, el ascensor remontó los tres metros que le faltaban y salimos. Eso sí, quedó totalmente atascado y supongo que los vecinos debieron acordarse de todas mis castas durante un tiempo. El éxodo acababa y triunfantes llegamos a la ansiada terraza donde se produce la surrealista escena, toda vez que los instaladores desembalan la caja que contenía la unidad externa del split.
Abogado y Presidente: Pero, ¿queréis dejar ese chisme AHÍ?
Yo: Claro, hace diez días que vine a decir que se trataba de esto.
Abogado: Pero, nonononono....no puede ser, eso crea una servidumbre en esta comunidad, imposible, bueno, ¡bonicos son aquí!, ¡la que nos iba a caer!
Yo: Pero, Eduardo, yo planteé el tema claramente y , ¿no dices que aquí no sube nadie nunca?
Abogado: Pues perdona, pero yo pensaba que lo que querías era pasar el cableado por la pared medianera, pero no se puede poner nada que "vuele" sobre la mediana- a tí te volaba la cabeza de un sopapo, inútil-, no va a poder ser, lo siento mucho pero no. No nos hemos puesto de acuerdo en veinte años para hacer un parking, que sería un beneficio para nosotros mismos, imagínate pensar que un tercero saque un beneficio para sí ayudado por la comunidad.
Todos- mirando el enorme boquete que ya se había practicado-.¿Y entonces qué hacemos?
Abogado: Bueno, eso está en TU pared, no es problema para nosotros.
Instalador 1:-mientras pasaba los cables por el boquete: "Ehhhhh, mira que pedazo de tía hay enfrente, está en pelota, tremenda, Juan, está tremenda!!!
Todos-asomándonos-.
Instalador 2: "Es un tío, ¡so mierda!"
Eran las tres y media de la tarde, sin comer, y bajo un sol de 40º. Yo ya quería llegar a mi casa- casi podía meterme por el boquete. Diecinueve días.

viernes 10 de julio de 2009

La rocambolesca historia del split de aire acondicionado (I)

Así como la infancia de Heidi es eterna, en esta bendita tierra hay historias que nunca se acaban. Historias que parecían simples a primera vista y que, día tras día, se van complicando, aderezándose de circunstancias y figurantes con los que no se contaba en modo alguno. La penúltima de estas misiones imposibles ha sido comprar y lograr instalar un miserable split de aire acondicionado en casa. Superada la primera traba que yo mismo suelo autoinflingirme y que es la búsqueda minuciosa del mejor producto, al mejor precio y en las mejores condiciones post-venta- lo cual lleva su tiempo- y una vez conseguido que el instalador (esos seres míticos que disponen del tiempo del resto de los mortales) viniera a casa, todo se desencadenó. " Uuuuuhhh- me dijo- pues vas a tener que pedir permiso a la comunidad de vecinos del piso colindante para poner la unidad exterior". "Malo el cuento, MALO EL CUENTO, Juan"- me dije-; todo el mundo sabe que el oxígeno del que se nutren las vecindades consiste en impedir que los demás mejoren su calidad de vida, para así estar unidos en la miseria. Esto es un hecho ampliamente demostrado y no hay más. Así pues, tras ciertas indagaciones verifiqué que el presidente de la comunidad vivía- y ahora sé que malvive- en el 3º A. Llamé al portero y allí, en plena calle, mantengo la siguiente conversación con una mujer llena de miedos:
Yo: "Hola, soy el vecino del bloque de abajo y quiero instalar un aire acondicionado en el ático. Es para pedir permiso al presidente de la comunidad y acceder desde su terraza a la mía".
Mujer con miedo: "Mi marido no está y ya estamos hartos, hace mucho calor y no sé cuando va a volver. Venga en una hora"
Volví a la hora y le rogué si me podía abrir para que lo que yo sabía iba a ser un surrealista deja se mantuviera puertas adentro al menos. Subí y lo que parecía ser el ama de llaves de Edgar Allan Poe me dijo lo mismo que una hora antes, con el cerrojo y el ánimo medio echado. Desesperado subí directamente al 7º piso y llamé a la primera puerta que encontré. Un señor de avanzada edad con mostacho y una mujer agazapada diez metros y mil almas detrás me recibieron. Planteada la cuestión que nos ocupa, muy amablemente me dijo que " de eso el que se encarga no es el presidente de la comunidad, hombre, eso lo hace el administrador, que es el abogado que vive en el 2º D". Conseguí esta información no sin antes escuchar durante veinte interminables minutos los avatares de la vida de este simpático matrimonio. Supe que él duerme en la terraza en las noches de verano, que pinta platos como hobby, que su hijo estudió en la complutense de Madrid y que en unos días se iban a marchar a su casa de campo porque no aguantaban el calor (vaya, tenemos algo en común). Ahora deben estar ahí pintando platos. Me despedí de ellos y un optimismo tan irrefrenable como yermo me hizo pensar que me encontraba muy cerca de la solución de tan intrincado y peliagudo asunto. Pero una vez más el destino y yo hablábamos lenguas muy distintas.